Extinción

How Can I Be Sure by Favianna Rodriguez

No recuerdo si yo la maté o fue alguno de esos asesinos que deambulan por las calles silenciosamente. No es que no quiera recordar, simplemente pasó y cuando me di cuenta ya era muy tarde. Tampoco recuerdo si murió primero ella o yo, éramos tan inseparables que se volvió imposible discernir entre ella y yo, entre realidades y ficciones.

Probablemente todo empezó aquel verano del 2007 durante mi viaje a Ghana en el oeste de Africa. A mis 22 años mi único objetivo era conocerla un poco más, sentirla, vivirla y disfrutarla, pero todo cambió cuando me senté a hablar con aquella señora en el campamento de refugiados Liberiano de Buduburam.

-Buenas tardes señora vengo del periódico “The Star” y quiero ver si me puede dar unos minutitos para hacerle unas preguntas.

Ingenuamente nunca me pregunté si realmente quería escuchar las respuestas y sobretodo si iba a poder seguir viviendo de igual manera tras escuchar dichas respuestas. Simplemente pensé: “Soy periodista y lo único que debe de importar es encontrar la ‘verdad’ (objetiva)”.

-Sí, claro. No sé en que pueda ayudarle, pero pase usted.

La señora de setenta y tantos años levantó a uno de sus tantos nietos que vivían con ella de un banquito de madera y me dijo que tomara asiento. Me platicó de como pasó a convertirse de madre a abuela a madre de nuevo después de que sus hijos murieron en la guerra civil de los noventa. Yo no lograba seguir sus oraciones que incluían palabras que nunca habían sido reales para mí, pero que ahora formaban parte de las historias de vida de cada uno de los cuarenta y tantos mil que vivían en el campamento.

Le agradecí por su tiempo sin poder decirle nada más.

-No, gracias a ti. Ahora la gente va a escuchar mi historia, nuestra historia, y a lo mejor algo va a cambiar- me dijo, mientras yo empezaba a caminar.

Sonreí y me aleje lentamente, perdiéndome entre puestecitos de madera huyendo de una realidad a la que me enfrentaba por primera vez y no quería volver a saber de ella. Todavía no empezaba mi vida oficial como escritora y ya la estaba cuestionando. Deje de cuestionar el mundo y empece a dudar de mí misma. Nadie me había dicho que para poder convertir la realidad en palabras, yo tendría que revivir cada una de esas realidades, sufrirlas y soltarlas. Aún no sé como soltarlas.

¿A dónde se van las lágrimas no lloradas? ¿Cuántos cementerios guardan las almas dañadas de los escritores como yo que no pudieron hacer poesía con la realidad y fueron carcomidas palabra tras palabra? ¿Me mató la palabra o yo la maté al ver tanta desconexión, tanta negación, tanta tristeza, tanta fragilidad, tanta desesperanza?

O quizá fue en el 2010 cuando pise la tierra rojiza de la Mixteca Oaxaqueña y escuché a docenas de migrantes contarme sus historias como si fueran historietas en un intento por minimizar lo que sobrevivieron. Todos contaban la misma historia con los mismos personajes y el mismo escenario. Lo que cambiaba era el tiempo de duración. Unos tardaron dos noches en cruzar y otros tardaban cinco días.

-Es la misma mierda – me dijo el joven de treinta y tantos con su tatuaje de la Santa Muerte en el brazo derecho y un “Hecho en México” en el brazo izquierdo.

-¿Por qué quiere saber mi historia?- preguntó sospechoso de mis intenciones -¿Va a vender mi historia a algún periódico, o va a escribir un libro?

Sonreí un poco e intente ser honesta.

-Trataré de escribir un artículo y venderlo a una publicación.

No le pude decir que en realidad su historia nunca se iba a convertir en tinta por mi miedo a corromperla con mi historia de miedos y fracasos. No le pude decir que sólo quería conectarme con algún ser humano y pretender ser una periodista freelancer era el único camino para conocer realidades que no están a mi alcance. Realidades que una vez transmitidas no transforman nada como debería de ser.

-¿A qué edad cruzaste la frontera por primera vez?

-A los 16.

-¿Por qué decidiste irte al norte?

-Para ser alguien.

-Pero ya eres alguien- comenté dudosamente.

-En estas tierras, donde hasta Dios se olvidó de nosotros, nadie es nadie hasta que tiene dinero. Y en este país, aunque usted no lo crea, el dólar llega más fácil que el peso.

Tenía tantas preguntas que hacerle, pero todas eran un intento de refutar su creencia. ¿Cómo yo, una escritora que se considera una don nadie porque no puede escribir, podía decirle que él si era alguien? ¿Cómo yo, una escritora frustrada en su propio país, podía decirle que no había necesidad de cruzar fronteras?

Me enseñó su comunidad, la casa donde creció, la mesa donde comió – poco pero comió – la escuela donde estudió – aprendió más en el campo pero aun así asistió- y cada escondite que guardaba un recuerdo. Cerré mi libreta y le agradecí por su tiempo. Nunca más volví a ver mis notas, me quede con ganas de decirle que yo también me hubiera ido.

También pudo ser cuando visite Santiago Atitlán, pequeño pueblo Guatemalteco escondido entre dos volcanes a la orilla del maravilloso Lago Atitlán que guarda historias de lucha y resistencia. En este pueblo, donde el pasado sigue vivo, el sufrimiento no se puede negar al escuchar a las mujeres contarte los acontecimientos de aquel 2 de diciembre de 1990. Yo tomaba una foto de una cruz en el Parque de la Paz, monumento construido en el lugar donde cayeron los mártires, incluido un niño de 10 años, cuando se acercó una señora.

-¿Es usted periodista o turista? Se ve chiquita para ser periodista. ¿Lo conocía?

-Las dos. No, no lo conocía- contesté temerosa de poder ofender.

-No necesitas conocerlo. Su historia, es la historia de miles.

-Me imagino.

-No te puedes imaginar, pero lo bueno es que su historia nunca va a morir.

¿Será cierto?