No todas las ‘putas’ son iguales

En Cartagena, un apetecido destino del turismo sexual, la prostitución se ve en cualquier calle. Turistas nacionales y extranjeros cuentan con una gama de opciones, desde huérfanas marcadas por la pobreza y el abandono hasta universitarias con hambre de lujos y afecto. 

Lo más importante es ser coqueta, y claro, enseñar un poco. No mucho; cada prenda de vestir define que tipo de clientela desea una. Tu postura corporal debe mostrar que estás disponible, aunque no lo estés. Cuando te sonrían, tu sonríe. Si te miran, tu di todo con la mirada. Si sientes miedo o nervios, no olvides tu recompensa: la plata.

Basta un corto recorrido por las calles del centro de Cartagena para ser testigo de la prostitución. Las mujeres, reconocidas por vender sus cuerpos de todos tipos y tamaños, esperan en las esquinas cerca del Camellón de los Mártires Altos o en las bancas de la Plaza de la Paz, mientras los turistas pasean y la policía vigila.

Son las cinco de la tarde de un sábado y Lizeth apenas ha ganado 20,000 pesos ($11 dólares). Llegó a las 10 de la mañana a ese ‘baresucho’ en el barrio de Getsemaní, que se encuentra a solo unos cuantos locales del emblemático local de rumba Quiebra Canto. Horas después, a unos cuantos kilómetros, cerca del famoso bar de salsa Donde Fidel en la ciudad amurallada, Lorena ya ha ganado 600,000 pesos ($335 dólares) en dos horas y apenas son las 12.30 de la noche.

Lizeth y Lorena no le dicen a sus respectivas parejas que hacen por las tardes o por las noches. Lizeth, una exmesera de 34 años que tuvo que volver a la prostitución cuando su novio se quedó sin empleo hace varios meses, le dice que va a vender drogas, ya que él prefiere este ‘oficio’. Lorena, estudiante de leyes originaria de Cali, le cuenta a su novio italiano que visita Cartagena solamente 3 meses al año, que ya no hace “eso”.

“Por un lado una se siente como sucia, pero la plata la compra a una”, dice Lizeth un poco resignada. “Le da a uno una cosa, como vaina, coraje, no sé. Pero yo no sirvo para aguantar hambre”. Lizeth, quien quedó huérfana al mes de nacida y creció con sus padrastros en Valledupar, comenzó a prostituirse a los 26 años después de haber trabajado en varios restaurantes en Bogotá, donde asegura que ganaba 30,000 pesos al día ($16 dólares). “Ahora, en los días buenos, gano entre 50 y 80 mil pesos. Son como dos clientes”, afirma con una peculiar picardía, como si hubiera hecho una travesura que no puede negar, pero tampoco aceptar. “Pero luego hay días en que sólo me hago 20 o 30 mil. Como hoy, que solo he tenido uno”.

Los fines de semana son mucho mejor para la estudiante de leyes de la Universidad de Cartagena que gana hasta 900,000 pesos ($500 dólares) en una noche, y usualmente tiene hasta siete parejas entre viernes y sábado. Los mejores meses son agosto, septiembre y enero ya que, a diferencia de Lizeth, Lorena depende principalmente de turistas extranjeros. “Mi carrera es muy cara y uno tiene que vivir bien. Y pues te acostumbras”, dice Lorena, de 24 años, quien asegura que también recibe una mensualidad de 900,000 pesos de su novio italiano de 38 años. “El cree que yo ya no hago esto, porque cuando él viene yo no trabajo. El me apoya, pero cuando se va yo regreso”.

A pesar de que hay varios proxenetas en el área, Lorena afirma que ella no le tiene que rendir cuentas a nadie, a menos que le “manden un chico”, y entonces ya tendría que pagarles un 15 o 20% de lo que gane. “Aquí nadie nos molesta. Ni a la policía le tenemos que dar dinero”, asegura mientras dos policías vigilan la popular plaza. La futura abogada asegura que una se va acoplando al miedo que provoca este trabajo. “Yo escojo el hotel, me subo al taxi y yo lo llevo porque luego hay más riesgos. A mí nunca me ha pasado nada”.

Lizeth, en cambio, no sube a ningún taxi. “Me da miedo. Aquí matan mucho. A una de por aquí la mataron hace poquito”, dice explicando que lleva a los clientes al hostal que se encuentra arriba del bar, donde hace unas semanas un gringo trató de ahorcar a una chica, quien se regresó inmediatamente a su pueblo. “Hay riesgos pero lo seguimos haciendo. La necesidad económica es grande”, afirma mientras su amiga Tatiana, de 26 años, madre de una niña de 12 años y un niño de un año, la interrumpe. “Yo vengo cuando me provoca”, afirma con una rebeldía característica de las adolescentes. “Vivo donde mi suegra y cuñada, y ellas no gustan de mí. Pero no porque sepan que yo trabajo en esto, nadie lo sabe. Aquí me distraigo”.

En Cartagena, “la ciudad que más le vende a Colombia” como aseguran varios proxenetas de la Plaza de la Paz, las prostitutas no son simplemente prostitutas. Unas han vivido en la pobreza desde que nacieron, unas estudian carreras universitarias con el sueño de convertirse en mujeres de éxito, y finalmente otras han realizado trabajos comunes y corrientes con largas jornadas y mínimos salarios. Pero para turistas y transeúntes, siempre serán tan solo prostitutas.