El país de las balas

Photo by David Neff

El 2 de octubre no se olvida, ni los últimos seis años (y más) de injusticias, impunidad, corrupción…Para mí Monterrey y mí México.

Es un rojo vivo que se desparrama antes del último respiro. Penetra el asfalto lentamente, inmune a los 40 grados de este desierto que asfixia, y ahora mata.

¡Pum! ¡Pum! se escucha entre las montañas, en los barrios olvidados por su pobreza pero siempre presentes por su violencia.

¡Pum! ¡Pum! los balazos se acercan a nosotros, la “gente bien”, la gente que no merece morir por su estatus social. La gente que si llegara a morir en esta guerra sin sentido nos conmovería por unos minutos e incluso nos motivaría a decir: “Que feo, que triste”. Eso si que sería una “injusticia”.

Continúan los plomazos, dejándonos aún más sordos. El miedo nos blinda y nos paraliza, mientras cientos de cráneos son aniquilados frente a nosotros. Se fugan las ideas, los sueños, las esperanzas. México ahora ocupa el primer lugar en fuga de cerebros, literal.

Mentes que nacieron para crear ahora destruyen. Los ilusionamos diciéndoles que iban a tener un mejor futuro; les mentimos diciéndoles que eran capaces de crear su propio futuro. Los saboteamos, los traicionamos, los olvidamos. Les fallamos una y otra vez.

Y ahora somos todos contra todos mientras ellos pagan por las balas y dirigen el cañón. Nosotros disparamos; nosotros nos matamos.

Vivimos pecho bajo tierra, rezando que no nos toque una bala perdida y olvidando que en este país no hay bala que no tenga dirección, que no tenga historia. Ellos maquinaron nuestro presente y nosotros no somos más que pinches estatuillas de plástico que derraman un color rojo vivo. Un color que solía significar vida, y ahora no es más que una muerte macabra orquestada por aquellos que dirigen el país de las balas.