Deceso minucioso

HOPE from Just Seeds.org

Siempre saco lo peor de todos. Esa noche, sin embargo, saqué lo peor de mí misma. Sentí como si el chico que me había leído las cartas en el mercado por la mañana me hubiera echado una maldición, como si un demonio se hubiera adherido a mi alma. Éramos varios en un mismo cuerpo. Yo quería matar a todos, inclusive a esa persona que simplemente llamo “Yo” para evitar dudas. Pero, si me preguntaran, quién es yo, no podría contestar. ¿O sería “yo” quien respondería?

Toda la tarde estuvimos ella y yo solas. Lo vi venir: la desconexión absoluta, el desprendimiento total. Cualquier objeto punzante hubiera suprimido el dolor, o un fuerte abrazo. El problema era que ya no había fuerza para agarrar el objeto y el orgullo impedía el acercamiento corporal. No teníamos nada que perder más que la vida. Todo era insignificante, inclusive la muerte.

¿Sabrán ellos que reto a la muerte diariamente? Solo en mi mente. Mi capacidad de autodestrucción nunca ha sido tan práctica, tan tangible, tan física.

Hoy era un nuevo día; un reto más. Salí a caminar por última vez como si quisiera llevar conmigo cada olor, cada textura, cada imagen, cada sensación de este mundo que nunca me perteneció. Este mundo al cual nunca quise pertenecer porque me perdía, me pudría. Fue tanta mi obstinación que aún así me perdí, me pudrí. No fui muy astuta.

Caminé y caminé entre tanta gente. En silencio, rodeada de la bulla social y el ruido industrial, el ‘chi chin’ del dinero, el grito del dolor, el ahogo de la asfixia. Respiré como alguien que no quiere morir, como alguien que quiere vivir, pero en otro mundo. Inexistente, imposible, irreal. “Esta es la vida. Así es”, me decían, mientras ella y yo peleábamos como una pareja que discute porque tiene miedo a quererse demasiado.

El amor nunca fue lo mío. Acabé con todos por estar con todos. No me di cuenta que estaba acabando conmigo misma. Ella seguía conmigo.

Esa noche, después de caminar, ella invitó a muchos. Todos invadían mi cuerpo y atormentaban mi mente. No lograba callarlos. Golpeé mi cabeza como mamá que le pega a su hijo para que deje de llorar. Fue inútil. La cacofonía, el bullicio, los regaños, las decepciones, las tristezas, la soledad. Éramos ellos y yo, y aún así nunca había sentido tanta soledad. Golpeé mi pecho, jalé mi cabello, rasguñé mis brazos y me tiré al piso. Posición fetal, no podía faltar.

Veía las lágrimas caer en el azulejo, ajenas a mí, cargando un dolor tan existencial que no se puede enfrentar vivo. Dormí. No quise soñar esa noche. Desperté y ya no estaban ellos, pero ella seguía ahí. Dormida. Lista para regresar en cualquier momento.