Cuando mataba zancudos…

Illustration by Nicoletta Ceccoli

 

La primavera pasada cuando lo conocí, o cuando él me conoció, me dedicaba a matar zancudos. Crecí siendo atacada por ellos, y en cada visita parecía como si no se hubieran olvidado de mí. Olían mi sangre, y ahora yo ya estaba de regreso, o ellos ya estaban de regreso.

Dormimos en mi cuarto en casa de mi madre, escondidos como adolescentes. Yo tenía 27 y él 26, pero a esta edad ya no importan los años: el desempleo no discrimina. Ah y estaban ellos también, volando entre las sábanas rodeando nuestros cuerpos que yacían acostados viendo hacia el techo. ¿Quién iba a voltear primero? Si volteaba yo primero, él iba a pensar que yo quería “algo”. Pero, si volteaba él primero y luego yo, él iba a pensar que yo también quería.

Permanecimos así unos minutos, o segundos, mientras yo trataba de matarlos. Solo lograba golpear el aire. Él volteó. A lo mejor él en su versión diría que yo volteé, puede ser. Pero cuando pasa, eso ya no tiene relevancia.

Fue raro. Nuestras bocas se encontraban por primera vez y tardaron en embonar. Zancudos sin dengue sobrevolaban nuestros cuerpos como aviones de guerra. Después vino el abrazo, manos que subían y bajaban como hormigas, ansiosas por tocar todo lo que se pudiera. Se pudo más de lo que nosotros hubiéramos imaginado, pero menos de lo que realmente nos hubiera gustado.

Y así empezó, yo matando zancudos y tú observando mis técnicas de matar zancudos.

Anoche, mientras me lavaba los dientes, un zancudo se paró en frente de mí en el espejo. No sé si se estaba viendo en el espejo, o me estaba viendo a mí. Nunca he logrado encontrar los ojos de los zancudos.

Solté el cepillo lentamente. Todo pasó en segundos, así como tú y yo. Doblé el codo, abrí la mano, lo hipnotice con mi vista y telepáticamente le dije que no volara. ¡PUM! Lo único que quedó entre el espejo y mi palma fue su cuerpo. Subí la vista y me vi a misma. Era yo cuando mataba zancudos.