El Abrazo

Art by John MalloyUn segundo más, uno menos. Una palabra pronunciada, una palabra silenciada. Todo sigue su curso y no lo podemos detener. No podemos regresarnos.

Escuchaba todo lo que salía de su boca. Lastimaba cada letra, cada conjugación, cada adjetivo que seleccionaba para definir mi persona. Dolía más que no lo podía detener.

No era perfecto, obviamente. Sin embargo, cada defecto, cada error, se desvanecía entre abrazos y caricias. El sabía exactamente cuando sostenerme, hasta que se cansó de hacerlo. Yo nunca lo sostuve, pero es que mi forma de amar ya no es lo mismo. El pasado me ha poseído.

Esa noche no quería seguir escuchándolo. Maldije la invención del celular y todo lo que me rodeaba. Lo maldije a él. Cada palabra era una razón para ya no amarlo, para seguir con mi vida y cambiar los pocos planes. Detente, retrocede, bórralo y continua, como si mi vida fuera una película en edición constante.

Ya no éramos aquellos jóvenes huyendo de la realidad que nos escondíamos entre sábanas y abrazos. La primera noche nos acurrucamos por casi 8 horas. Eramos los reyes del cuchareo. Era como si nuestros cuerpos se hubieran estado buscando por décadas, o vidas, simplemente para abrazarse. Ahora yo solo quería golpearlo en el pecho, con puño cerrado, justo en la línea media donde se unen las costillas. Quería golpearlo y gritarle entre lágrimas. Quería que sintiera el dolor que estaba sintiendo, justo ahí, en el punto medio que se esconde entre mis senos. Ese punto donde tantas veces su boca tocó mi piel, estremeciéndome desde los pies hasta la coronilla.

Era fútil. Ya no había más que dañar. Nos habíamos convertido en lo que estábamos huyendo. Ni los abrazos nos podían salvar. Pero es que nuestros abrazos eran destinados. Nada en nuestras vidas ocurría como se suponía que tenía que pasar, pero nuestros abrazos sí. Detenían el tiempo, calmaban el dolor, posponían el fin. Eran como un déjà vu donde cada vez nuestros cuerpos embonaban perfectamente, como si fueran piezas de rompecabezas.

Era imposible pensar que iba a llegar este momento, donde nos dábamos cuenta que tan solo éramos unas simples replicas.